La pastelería al final de la calle
Al final de una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera, había una pastelería distinta de todas las demás.
La fachada era azul: el azul del cielo a las seis de la tarde, justo antes de que la noche se adelante. Sobre la puerta, en letras doradas un poco descascarilladas, se leía: «Pâtisserie Estelle». Y debajo, más pequeño, casi borrado: «Aquí no se pierde nada».
Lior nunca se había fijado de verdad en aquella tienda. Pasaba por delante cada día al volver del colegio y cada día el olor a mantequilla derretida y azúcar caramelizado le rozaba la nariz. Pero Lior pensaba que era una pastelería como cualquier otra.
Aquel martes llovía. Lior se había dejado el paraguas. Se quedó bajo el toldo azul, esperando a que amainara la lluvia. Fue allí, con la frente apoyada en el escaparate, donde vio a Madame Estelle por primera vez.

Era pequeña. Pequeñísima.
Llevaba un delantal blanco demasiado grande para ella, zapatillas bordadas con estrellas y, sobre el hombro derecho —Lior se frotó los ojos para asegurarse—, una golondrina.
De verdad. Viva.
Inclinaba la cabeza como si lo estuviera observando.
Madame Estelle levantó la vista. Sonrió. Le hizo una seña a Lior para que entrara.
Lior entró.
Dentro olía a vainilla, a canela y a algo más que Lior no conocía: algo parecido a mermelada de estrellas, si es que una cosa así pudiera existir.
— Llegas justo a tiempo —dijo Madame Estelle—. Estaba a punto de equivocarme con un pastel.
Lior frunció el ceño. Los mayores nunca decían cosas así. Los mayores siempre intentaban esconder sus errores.
— ¿Quieres decir que vas a hacerlo mal a propósito? —preguntó Lior.
Madame Estelle se rió. Una risa pequeña y suave, como campanillas.
— Nadie se equivoca a propósito, tesoro. Pero cuando una cocina mucho, también se equivoca mucho. Y eso es lo más normal del mundo.
Lior no lo entendió. Pero se quedó.
Lo que de día sale mal,
de noche florece.

