Hay noches en las que su hijo no pide nada.
Come lo que le sirven. Dice que sí. Da las gracias. Recoge su servilleta y se va a dormir, tan bueno y quieto como una imagen que le hubieran pedido mantener.
Y usted, en la cocina, siente — sin poder ponerle nombre — que algo minúsculo ocurre detrás de ese silencio.
Un deseo tan pequeño que cabe en un pensamiento. Un gofre tibio. Diez minutos a solas con usted. Un domingo sin pantallas.
No lo dice. No porque no tenga nada que decir. Sino porque ha comprendido, él solo, que usted ya tiene bastante que hacer.
« ¿A ti qué te gusta ? »
Nadie le ha hecho nunca esa pregunta. Que se la haya hecho de verdad. Esperando la respuesta, sin terminar la frase por él.
Este cuento se escribió para ese silencio.